Por: Mario Luis Fuentes
La desigualdad se encuentra en el núcleo de lo social. No es un fenómeno más, sino la placa tectónica que sostiene y articula el resto de los problemas sociales: agudiza la pobreza, profundiza la marginación e incide en la expansión de violencias crecientemente complejas. Su efecto más profundo es la erosión de la vida democrática, pues la desigualdad se traduce en privaciones que derivan en la expulsión de cada vez más amplios sectores de la población de aquello que permite ejercer la ciudadanía en un sentido pleno, entre otros, el acceso a servicios de salud de calidad, a viviendas y entornos dignos con los servicios públicos necesarios garantizados, y a procesos de procuración e impartición de justicia expedita e imparcial; es decir, ejercer plenamente los derechos humanos de forma integral.
Al impedir el cumplimiento de los derechos humanos, tal como lo establece el artículo 1º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la desigualdad impide también la posibilidad de pertenecer a una comunidad política que proteja a todas las personas por igual, y habilita representaciones de los otros como distintos, como diferentes o incluso ajenos. Así, la realidad deja de asumirse como un proyecto colectivo y compartido.
Como lo describe el doctor Rolando Cordera, la desigualdad es perenne en la realidad social en nuestro país y en amplias partes del mundo. Es por ello que no resulta exagerado decir que la desigualdad opera como una matriz que está articulando las relaciones sociales, tanto en lo público como en lo privado, así como en los vínculos entre las personas y las instituciones.
La complejidad de la desigualdad exige partir de una perspectiva más amplia que la que prevalece todavía hoy en distintos espacios de toma decisiones, desde donde se piensa, sobre todo, como un problema anclado a una lógica económica (ingreso o riqueza). Desde esta perspectiva, la desigualdad es consecuencia de fallas en el funcionamiento de los mercados: distorsiones en precios, salarios o productividad. La postura contraria que aquí se asume plantea que en los mercados desregulados se tiende a concentrar, de manera deliberada, cada vez más riqueza, generando disparidades profundas en la distribución del ingreso, pero sobre todo del poder, tal como lo ha señalado OXFAM, ante la permanencia de arreglos políticos, históricos, culturales y simbólicos que moldean las fronteras de inclusión y exclusión dentro de una sociedad.
La desigualdad y la discriminación (como su otro rostro) son construcciones fundamentalmente políticas e históricas: lo que una sociedad define como injusto o intolerable depende de un tiempo, un espacio y de quienes detentan el poder para nombrar eso que lo es. En México, la discriminación comenzó a ser asumida públicamente como un problema estructural apenas a finales de los años noventa, en gran medida gracias al liderazgo ético de Gilberto Rincón Gallardo. La desigualdad, aunque siempre presente en el debate público, adquirió centralidad como problema social durante la primera década del siglo XXI, coincidiendo con una renovada discusión internacional sobre sus causas y efectos.
Investigaciones como las de Deaton (2003), Atkinson (2015), Piketty (2015), Saez y Zucman (2016), o los estudios de la CEPAL (2010), evidenciaron que altos niveles de desigualdad afectan la cohesión social e incrementan vulnerabilidades en múltiples dimensiones. En The Spirit Level, Wilkinson y Pickett (2010) mostraron cómo las sociedades más desiguales presentan mayores tasas de violencia, encarcelamiento, obesidad, adicciones y embarazos adolescentes, entre muchos otros indicadores de problemas que se han agravado durante la última década. La desigualdad, así, se reconoció como un fenómeno capaz de erosionar capacidades individuales, comunitarias, institucionales y democráticas, y no sólo como una brecha en el ingreso.
Analizar la desigualdad exige comprender sus raíces ideológicas. Dubet (2015) advierte que su profundización en el capitalismo neoliberal no es una consecuencia inevitable del sistema económico, sino el resultado de decisiones políticas que han desmantelado mecanismos de redistribución y protección social. La desigualdad, en su forma contemporánea, es producida y buscada: responde a proyectos de clase impulsados desde gobiernos, instituciones financieras y élites económicas.
En este sentido, la desigualdad funciona como una idea-mundo: un conjunto de normas, valores, códigos, prácticas y creencias que delimitan los límites simbólicos de las posiciones sociales. Bajo la lógica neoliberal, la desigualdad se despolitiza: as posiciones sociales se atribuyen al mérito individual, al carácter o al esfuerzo, borrando su origen estructural e histórico. Este marco fomenta el desprecio y el temor hacia “los otros”, debilitando la empatía y la solidaridad.
La perspectiva de Pierre Bourdieu permite comprender la dimensión subjetiva y relacional de la desigualdad. El habitus, formado por disposiciones incorporadas a partir de las condiciones sociales objetivas, orienta percepciones, expectativas y prácticas, produciendo estilos de vida propios de cada clase. Las diferencias entre grupos no sólo remiten al ingreso, sino a la distribución desigual de capitales económicos, culturales, sociales y simbólicos, que posibilitan o restringen la movilidad y la participación social. Así, la desigualdad adquiere profundidad histórica al fijarse en los sujetos como límites de lo pensable y lo posible.
Incorporar estos elementos muestra que la desigualdad es compleja porque articula dimensiones económicas, políticas, culturales y subjetivas, y también estructural porque se reproduce mediante instituciones, prácticas cotidianas y sistemas de creencias que legitiman jerarquías. Al concentrar capital, incluido el simbólico, ciertos grupos definen criterios de valor y naturalizan un orden de privilegios y privaciones. Como señala María Cristina Bayón (2015), se trata de un proceso acumulativo, donde ventajas y desventajas se refuerzan a lo largo de las trayectorias biográficas, generando círculos persistentes de vulnerabilidad.
Es de eso de lo que dan cuenta los textos reunidos en este número de UNAM Internacional dedicado a las desigualdades, a cuya edición fui generosamente invitado. Se trata de un número amplio en miradas universitarias, perspectivas y aproximaciones que buscan dar cuenta de la complejidad de la desigualdad y sus dimensiones simbólicas y materiales que producen injusticias en múltiples ámbitos de la vida de las personas, que cada vez suman un número mayor en nuestro país y en todo el mundo.
Así, por ejemplo, lo muestra Fernando Cortés, investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores e integrante del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED), quien retoma la desigualdad de ingresos para mostrar que sus implicaciones van mucho más allá de la capacidad de adquirir una canasta básica y penetran en la estructura social, económica y ambiental. Desde esa amplitud, María Cristina Bayón, Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) examina sus efectos en el crecimiento urbano desordenado que ha marcado a las ciudades en las últimas décadas. Por su parte, María Elisa Franco Martín del Campo, investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas y profesora de la Facultad de Derecho, analiza las desigualdades en el acceso a la justicia desde una perspectiva de género y niñez; mientras que Josefina Franzoni, fundadora y directora del Social Research Consulting Agency, A. C. y María Eugenia Prieto, coordinadora de Comunicación y Políticas Públicas en la Asociación Unidos Pro-Trasplante de Médula Ósea, examinan las diferencias en el cuidado de las enfermedades crónico-degenerativas, en las que la desigualdad no sólo condiciona la calidad de la atención, sino la probabilidad misma de enfermar y morir.
Otros trabajos se adentran en los derechos, privilegios y exclusiones que la desigualdad genera, como expone Alexandra Haas, directora ejecutiva de Oxfam México, o en los rostros más persistentes y dolorosos de esta, como la injusticia social que enfrentan los pueblos indígenas, analizada por Carolina Sánchez García, directora del Programa Universitario de Estudios de la Diversidad Cultural y la Interculturalidad (PUIC).
A esta mirada se suma la aportación feminista de Amneris Chaparro, Coordinadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG), quien problematiza la desigualdad en razón de género desde las relaciones de poder que siguen sosteniendo las asimetrías entre hombres y mujeres. Sus reflexiones dialogan con los planteamientos que Siobhan Guerrero McManus, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH), plantea en entrevista sobre las desigualdades estructurales que atraviesan a las poblaciones sexo-genéricas diversas, así como con la invitación de María Elena García, Mariana Gardella, Mayra Huerta, Teresa Rodríguez y Valeria Sonna, a salirse de un canon esencialmente masculinizado en la enseñanza de la filosofía a partir de las memorias del proyecto COIL Desafíos para el estudio de las mujeres y lo femenino en textos filosóficos de la Antigüedad realizado en el Instituto de Investigaciones Filosóficas junto con otras universidades de México y Argentina.
Este número también recupera experiencias internacionales que permiten contrastar y profundizar la comprensión de la desigualdad entre distintos países; Iliana Yaschine, investigadora del PUED, y Ana Lorena Valle, del Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad (PUEC). La primera narra los aprendizajes construidos y los desafíos enfrentados en su estancia de investigación en Argentina, mientras que la segunda comparte cómo su propia experiencia como refugiada nicaragüense en México ilustra la forma en que la desigualdad puede volverse insostenible y propiciar, incluso, la implantación de regímenes autoritarios. Ambas coinciden en la urgencia de que la academia impulse acciones transformadoras desde su mandato de producción de conocimiento crítico.
La voz estudiantil también está presente. Luis Fernando Flores Diosdado, en estancia en la Universidad de Alicante, recuerda por qué la UNAM sigue siendo el proyecto cultural, educativo y social más importante del país, y un espacio no sólo de movilidad, sino de integración social que permite a miles de jóvenes aportar a su comunidad y construir un sentido de pertenencia a la misma. Desafortunadamente, aún son la minoría de las y los jóvenes mexicanos quienes tienen el privilegio de poder hacerlo.
Otras colaboraciones iluminan dimensiones menos exploradas de la desigualdad. Tatyana Kleyn, profesora del City College de Nueva York, describe experiencias recientes de movilidad humana de niñas, niños y adolescentes estudiantes transfronterizos a partir de lo cual señala la necesidad de que los gobiernos reconozcan y atiendan los nocivos impactos que la movilidad forzada tiene en sus vidas; Elizabeth Randolph, directora del curso de Español Médico en la Universidad de Northwestern, reflexiona sobre cómo el sistema de salud, que debería ser un igualador social, reproduce disparidades profundas que afectan a personas que no dominan el inglés y reciben atención a la salud en Estados Unidos.
Asimismo, Jesús Villaseca Chávez, director de la Escuela de Cine Comunitario y Fotografía Pohualizcalli, expone los efectos más dolorosos de la desigualdad entre personas con discapacidad; Susana Xóchitl Bárcena e Ireri Lizbeth López muestran cómo el ejercicio pleno de sus derechos sexuales y reproductivos continúa limitado por esta misma; mientras que Edgar Ortiz, director de la Unidad de Investigación en Salud en el Trabajo del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y Bruno Ali, especialista en enfermedades infecciosas en el ISSSTE, dan cuenta de cómo la inteligencia artificial puede derivar en una brecha tecnológica y sesgos que pueden convertirse en exclusión por parte de los servicios de salud.
El texto de Maritza Caicedo, Investigadora del IIS, por su parte, examina cómo el mercado laboral estadounidense continúa insertando de forma desigual a la población mexicana migrante, cuyos números siguen creciendo hoy bajo una dinámica de expulsiones y retornos forzados en el contexto de la política de persecución y miedo de Donald Trump, y el de Erika Carcaño, profesora de la Universidad de Guanajuato y David Barkin, profesor distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, analizan las formas en que comunidades de la Sierra Norte de Puebla y en Cherán, Michoacán, están resistiendo la desigualdad social y sus efectos, particularmente severos en estas regiones del país.
Las contribuciones de Carlos Adrián Vargas, investigador de la Universidad de Granada; Emiliano Hersch, investigador del INSP; Rodrigo Aguayo, profesor de la Facultad de Medicina y Horacio Riojas, director de Salud Ambiental del Centro de Investigación en Salud Poblacional del INSP, muestran cómo las vulnerabilidades sociales preexistentes derivadas de la desigualdad se profundizan ante el deterioro ambiental. En este sentido, la crisis ecológica no sólo revela la distribución asimétrica de daños y protecciones, particularmente en materia de salud.
Por su parte, Margarita Valdovinos, investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, subraya que la desigualdad también atraviesa los procesos de producción de conocimiento. Las trayectorias académicas de las mujeres continúan marcadas por barreras institucionales que restringen su desarrollo y visibilidad, y por ello el fortalecimiento de redes y estrategias de mentoría constituye una estrategia para contrarrestar estas brechas y avanzar hacia comunidades científicas más equitativas.
A todas estas miradas se suma la de la expresión artística; Ximena Gómez González Cosío, hace en la sección Enfoque una lectura del grafiti como un espejo crítico del consumismo, la guerra y la desigualdad, las cuales denuncia, muchas veces, desde una densidad política y poética sorprendentemente lúdica y lúcida.
Las entrevistas a Rolando Cordera, profesor emérito de la Facultad de Economía; a Eduardo Vázquez Martín, coordinador ejecutivo del Mandato del Antiguo Colegio de San Ildefonso y a Enrique Provencio, coordinador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo, amplían estos horizontes y nos invitan a pensar la desigualdad como un fenómeno estructural que exige replantear el curso de desarrollo, pero también impulsar una transformación cultural de gran calado que permita permear una noción de igualdad articulada en la justicia social como fundamento civilizatorio para el siglo XXI.
Este número de UNAM Internacional en su conjunto revela que la desigualdad es un entramado que atraviesa cuerpos, territorios, instituciones y biografías. Leer estas contribuciones es comprender que enfrentarla implica reconocer sus múltiples expresiones, sus raíces históricas y las posibilidades de transformación que aún resguardan nuestras comunidades, nuestras universidades y nuestras prácticas de justicia social. Concebirla así implica reconocer que no basta el crecimiento económico para superarla. Se requiere un Estado social, democrático y de derecho capaz de garantizar los derechos humanos de todas las personas. Comprender la desigualdad como un fenómeno estructurante de la cuestión social del siglo XXI requiere mirarla como un esquema de relaciones, significados e instituciones que organizan la vida social, y dedicar el mayor de los esfuerzos para construir un proyecto de país que tenga como horizonte compartido la igualdad en clave de dignidad generalizada.
Como sugiere la poeta Ruperta Bautista en “Última lágrima”, poema que escribió en memoria del padre Marcelo Pérez Pérez (asesinado el 20 de octubre de 2024 en la región de Los Altos de Chiapas) y que también forma parte de este número —incluyendo su versión original en tsotsil—, la desigualdad es el terreno fértil donde la “semilla de la muerte” germina, nutriéndose de privaciones y exclusiones que destrozan el tejido social. Es en él donde violencias como las que vemos hoy están creciendo hasta volverse fuerzas que, como advierte la poeta, “desconocen el límite de lo sagrado”, recordándonos que las fracturas materiales y simbólicas de la desigualdad no sólo producen malestar social, sino también formas extremas de agresión que vulneran los fundamentos mismos de la vida colectiva.
Mario Luis Fuentes
Editor invitado